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Los hijos de la patria invaden las calles de Caracas

Publicado el 10/08/2017
Los hijos de la patria invaden las calles de Caracas

Están sentados, en medio del tráfico habitual de la zona y del vaivén de personas en el centro comercial, permanecen allí. Casi invisibles. Como si no estuvieran. Cuando ven la oportunidad, se acercan a la entrada y abordan a una de las personas que esté entrando.

– Por favor, ¿Me puede dar algo de comer? - Dice uno de ellos.

La persona evita verlo y continúa su paso. Como si se tratara de un juego perdido, ellos ponen mala cara y vuelven al banco, cerca de la fuente. Ahí continúan sentados esperando repetir la operación y en otra oportunidad, sí tener éxito. No entran, al Sambil no. Ya han tenido varios inconvenientes con los vigilantes, ellos no les permiten pasar.

El grupo está integrado por unos 8 niños, entre 10 y 15 años. No son los únicos. Son parte de un ya conocido clan - 40 para ser exactos- que hasta hace unas semanas pernoctaba en la pasarela del Centro Comercial Ciudad Tamanaco (CCCT). Algunos se salieron de sus casas, a otros los botaron. Sus historias se asemejan. Una especie de guión repetido.

Alexander es uno de ellos. Fue uno de los pocos que accedió a contar su historia. Los otros tienen miedo de hablar.

“Cada vez que nos buscan, viene la Lopna y nos lleva”, refuta uno de ellos mientras niega con su cabeza la posibilidad de contar algo más.

“Yo sí quiero hablar porque necesito ayuda. Quiero comida y ropa”, explica el otro pequeño que tiene 12 años pero su mirada y el paso por la calle lo hacen ver mucho mayor. Lleva puesta una camisa verde y un short que están rotos y cubiertos de mugre. Luce cansado, pero a pesar de sus ojeras muy marcadas, está alerta. Ve con detalle a todo el que pasa y se queda observando al grupo.

Le dicen Tortuga. Antes de dar la explicación sobre el por qué de tan inusual apodo, hay un silencio. “Me dicen así porque cuando no tengo sabanas me arropo con la camisa, meto los pies y las manos porque hace mucho frío”, mientras habla, emula la practica que hace en las noches para poder dormir.

Tortuga vivía en Ruiz Pineda, junto a su madre y 4 hermanas. Los golpes y la ebriedad de su mamá lo apartaron de su hogar. Ahora vive en las calles, no se llevó a sus hermanas y está claro en que es mejor no hacerlo.

“Yo no quiero que ellas vivan lo que estoy viviendo”, responde casi de inmediato. Su expresión cambia por completo cuando lo hace, baja la mirada para evitar que lo observen. Mientras, toca sus pies desnudos y cubiertos de ampollas y mugre, una señal de que han estado pisando el asfalto así, sin ninguna suela de por medio desde hace mucho.

Continúa hablando. Explica los peligros de la calle, los conoce bien, no hay inocencia, ni pizca de ingenuidad. Dice que en la calle hay que “estar pilas”, que todo te lo quieren robar, aunque a él parece que ya le robaron lo más preciado: su niñez.

“En la calle uno tiene que matar y comer por ti mismo, si no te mueves no comes. Hay gente buena y también mala”.

Los otros compañeros que oyen el relato de Tortuga se aventuran y apoyan lo que dice.

El otro pequeño, que había asegurado que no quería hablar, rompe el silencio por un momento y confiesa que extraña  a su mamá.

“Yo la extraño porque si ella se me muere, ¿Qué hago yo? Pero tampoco me gusta estar siempre con ella porque no como”, no dice más al respecto, solo completa lo que dice su compañero sobre “la gente mala”.

Se refieren a los funcionarios policiales. Aseguran que les pegan y les quitan lo que logran recolectar. Pero no solo eso, el grupo tampoco tiene buena relación con los otros niños de la calle.

No son solo los 40 del CCCT. A lo largo de Las Mercedes, Chacaíto y otros puntos del este de Caracas hay más grupos. Todos hacen lo mismo, piden comida y dinero.

Foto: Fabiana Rondón

Justo a las afueras de un local de comida rápida en Las Mercedes, está otro grupo. Ese está conformado por aproximadamente 12 niños, con edades entre 8 y 16 años. Unos están en los alrededores del comercio, mientras otros juegan cartas en el estacionamiento apostando el dinero que han recolectado. Al terminar, planean ir a La Guaira, quieren bañarse.

En el día, el grupo de niños recorre Las Mercedes, piden en las afueras de los locales y del centro comercial El Tolón.

Jacobo es uno de ellos. Su aspecto es parecido al de Tortuga, está lleno de mugre y descalzo, pero hay algo que marca diferencia: en sus manos lleva un cigarro encendido. Fuma mientras accede animado a la oportunidad de contar su historia.

Este grupo es más receptivo, todosquieren hablar, gritan, y hasta se pelean en un afán por ver quien será el primero. Jacobo comienza. Tiene 10 años, está en la calle desde los 8, se fue de su casa porque su padrastro le pegaba, ahora vive con el grupo en una construcción, cerca de Chacaíto. Como la mayoría, no ha estudiando y tampoco tiene ganas de hacerlo. No les gusta.

A su casa no piensa regresar, no la extraña. “En la calle como más, en mi casa me pegan y no me dan de comer”, se justifica mientras vuelve a inhalar el cigarro. Juega a ser grande.

Este grupo también identifica a los policías como “gente mala”. Dice que les pegan, igual que los vigilantes de los centros comerciales.

No solo piden. Los tres meses de protestas también han copado su atención. Cuando hay marchas en la zona, participan. Se enfrentan a los guardias, muchos lo hacen por juego, por distracción, no comprenden con claridad el peligro que corren en medio de la represión.

Varios de ellos han recibido perdigones. Jacobo  tiene 2, los muestra mientras relata como los recibió. Aún están recientes y sin curar, uno en el tobillo, otro en el brazo. Enseguida todos sus compañeros muestran sus marcas con orgullo. Como si fuera un signo de valentía. Luego continúan en la tertulia, cuentan el dinero para poder irse a la playa y lo hacen.

Foto: Fabiana Rondón

En otra parte del este de Caracas, La Castellana, específicamente, más niños permanecen sentados en las afueras de una popular cadena de comida rápida. Están escondidos, cerca de los árboles, en el estacionamiento y en el auto servicio. Los vigilantes los conocen bien, cuando alguien los buscan no dudan en decirles donde están si van a prestarles ayuda. 

“Esos niños no tienen a nadie. Se la pasan aquí pidiendo comida”, dice uno de ellos mientras señala hacia el estacionamiento, donde se encuentran sentados cuatro niños.

En esa zona logran recolectar más. Aunque duermen en el CCCT, aprovechan las fuentes ubicadas en la plaza Francia de Altamira y El Sambil para quitarse un poco la mugre en las mañanas.

Al abordarlos,  llegan muchos más. Algunos no viven en las calles y su aspecto así lo demuestra, piden porque en sus casas no hay suficiente comida, no alcanza.

Ese no es el caso de Deyner, es pequeño, tan delgado que se notan con detalle sus huesos. Dice tener 12 años, pero aparenta mucho menos. En su cuerpo tiene las marcas de las “calles”: una cortada que le propinó un indigente que quería robarle lo que había recolectado y varias cicatrices que asegura, son producto de los golpes que su padrastro le propinó antes de correrlo de su casa en Petare.

“Si me corrió, yo qué iba a hacer. Me fui”, dice el pequeño, resignado ante la vida que le tocó vivir.

Tiene 2 años en las calles, vive en la pasarela del CCCT junto a los otros 40, entre ellos su hermano de 8 años. Durante este tiempo, fue recogido por el personal de la Misión Negra Hipólita, pero se escapó.

“En la Negra Hipólitano nos dan comida, medio bollito, un poquito de caraota y jugo sin azúcar, dos veces en la mañana y a las 12 de la noche. Eso es como una cárcel”, asegura el pequeño, que reconoce que en las calles come mucho más. De eso también son conscientes los demás.

“Yo pido aunque me dicen que eso es malo, pero yo me voy a morir de hambre por eso. Yo no robo, pido”, asegura el pequeño.

Irónicamente estos grupos usan el término “revolucionar” para pedir comida y dinero, la misma palabra insigne del chavismo desde que llegó al poder en 1998 y prometió que no habría más niños en las calles. Pero hay. La cifra se desconoce pero el aumento es evidente.

Foto: Fabiana Rondón

 “No son prioridad” 

Para Fernando Pereira, coordinador general del Centro Comunitario de Aprendizaje (Cecodap), el alto índice de niños en situación de calle es muestra de la ausencia de programas sociales impulsados por el Estado para garantizar la seguridad de estos menores. Agrega la falta de cifras y estadísticas de este fenómeno, como otro de los causales que impiden resolver la situación.

“Es evidente la ausencia del Estado, se ha retirado de este problema. Ni siquiera está identificado quien es el que tiene la responsabilidad de garantizar el cuidado de estos menores. Lo que refleja es que no es una prioridad”, refiere el representante de la ONG.

Para Pereira es alarmante la cantidad de niños en las calles, a esto se suma la disertación de menores en las escuelas. Explica que hay dos tipos de patrones en este fenómeno: los niños que viven en las calles y los que pasan el día pidiendo en las calles ante la falta de comida y abrigo en sus hogares.

El coordinador de Cecodap también advierte a la sociedad que brinda dinero y comida usualmente a estos menores. Recalca que la situación es mucho más compleja y no se resuelve con esto. A su juicio, solo produce que haya más niños en situación de calle.

“Es un tema muy complejo, nosotros entendemos que con darle una  comida en un momento determinado no vamos resolver la problemática presente. Yo como ciudadano lo que voy a poder hacer es darle un poco de comida, si  nos quedamos ahí lo que hacemos es aumentar la cantidad de niños en las calles”, asevera.

Pereira también asoma la posibilidad de que los menores sean enviados por adultos para pedir. Aunque Cecodap no ha constatando que sea cierto. Advierte que policías municipales sí manejan información de que en muchos de estos casos, los niños son utilizados por personas más grandes.

Reitera que es importante pasar a un nivel de organización. Establecer mecanismos previsto en los programas para la educación de los niños como:educadores de calles y promotores que permitan identificar a los menores, censarlos y  comenzar la atención para sacarlos de las calles.

“Es importante actuar rápido. En la medida en que pasa los días ya el muchacho va haciendo de la calle su modo de vida”, recalca. 

Fuente El Nacional 

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